"Trompitos en la postal del campo"

Editorial del Ing. Agr. Héctor Huergo del 26 de Agosto de 2016

La postal del campo, esta semana: muchos tractores surcando los lotes de trigo, esparciendo urea con el trompo. En las cabeceras, las tolvas con el fertilizante para recarga. Hace diez años que no veíamos este paisaje. Llamado telefónico y confirmación: es muy fuerte y sorprendente la aplicación de urea al macollaje. Una práctica que se había perdido, lo que no solo repercutía en el rendimiento, sino en la calidad del grano.

  

Conviene recordar que la superficie cultivada se incrementó más de un 20% respecto a las raquíticas siembras de los últimos tres años, las más bajas en un siglo. Ahora, a la aplicación de fondo –también muy superior a la del año pasado—se suma la refertilización.

  

Esta es la respuesta, lineal y contundente, a la eliminación de las retenciones y las restricciones a la exportación. Los precios internacionales no ayudan, pero ha mejorado la relación insumo producto. Esto también es de manual de economía clásica: el precio de los fertilizantes, como de cualquier insumo de una cadena productiva, siempre tiende al precio del producto que con él se obtiene.

La famosa teoría del desacople, impulsada durante la era K, apuntaba a independizar los precios internos de los internacionales. “Que no se meta el precio del trigo, la soja o del maíz en el sachet de leche”, me dijo una vez Guillermo Moreno. Entonces, retenciones al infinito. Pero los altos precios internacionales estimularon la suba de los fertilizantes, simplemente porque aumentó su demanda global.

  

En los países serios, esto fue absorbido sin inconvenientes. Todo lo contrario: a mejores precios de los granos, más interés en apretar el acelerador tecnológico. A la inversa, en el modelo K, el deterioro de la relación insumo producto (hace falta más grano para pagar una unidad de fertilizante) la lógica fue achicar tecnología.

  

La peor consecuencia del modelo fue, precisamente, haber frenado el flujo de la tecnología de la Segunda Revolución de las Pampas. Veníamos lanzados, creciendo a un ritmo de 4 millones de toneladas por año hasta el 2008. En trigo, los nuevos materiales de genética francesa habían generado las condiciones para un espectacular salto en los rendimientos. Pero estos cultivares Formula Uno son mucho más demandantes. No alcanza con las dosis homeopáticas de abonos que se aplicaban a los tradicionales. Su enorme potencial de rendimiento sólo se expresa si están bien comidos. Caso contrario, no solo se alejan del techo de rinde, sino que se resiente la calidad. Menos nitrógeno no solo son menos quintales por hectárea, sino también menos contenido de proteína, gluten de peor calidad. Y, la mayor parte de las veces, más susceptibilidad de enfermedades. Al perro flaco nunca le faltan pulgas.

  

Es decir que, además del lucro cesante por la caída de la siembra, hubo que pagar también la caída de los rindes y el deterioro de la calidad. Y como estos procesos tienen inercia, esto no se paga en la primera campaña, sino que se arrastra en el tiempo. Felizmente, lo que vimos esta semana es la rápida respuesta frente al cambio de paradigma. Ahora no solo hay “precio lleno” (cotización internacional sin detracciones) sino también el mismo valor del dólar para comprar que para vender.

  

En síntesis, volvió la tecnología. Lo mismo está sucediendo con el maíz: la demanda de los híbridos de punta es muy fuerte, la logística de fertilizantes está al rojo. Las fábricas de sembradoras (que hace unos meses agonizaban) ahora no dan abasto.

  

La postal de esta semana, con esos trompos desparramando urea al trigo en macollaje, subraya el dislate de las retenciones con gruesos trazos de evidencias. Ahora corre el rumor de que, como consecuencia de la crisis fiscal por la demora en actualizar las tarifas de energía, no se cumpliría la promesa de campaña de bajar las de la soja 5% por año, lo que se cumplió en 2016. Esto no será gratis, sobre todo, en el flujo de tecnología.

 

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