"Resiliencia al palo (de carbono)"

Editorial del Ing. Agr. Héctor Huergo en Clarín Rural del 20 Agosto de 2016

Santiago Lange, voy a hablar de vos, aquí, en el Rural.

  

Todo tiene que ver con todo. Pero, pronto verán, en esta ocasión hay suficientes motivos para traer a las páginas de Clarín Rural la epopeya de nuestro medalla de oro en yachting en los Juegos Olímpicos de Rio.

  

Venimos del congreso de Aapresid, que sesionó bajo el lema “resiliar”. Un verbo difícil de comprender y de explicar. Bueno, lo de Santi Lange es resiliencia en su expresión más pura. Un crack indiscutido en la náutica, con seis olimpíadas, tres medallas, varios campeonatos mundiales en distintas clases, y exitoso diseñador de barcos, líder de equipos de la fórmula uno del deporte técnicamente más sofisticado. Del yachting de alta competición abreva la industria de nuevos materiales, de alta tecnología inteligente, desde el piloto automático y la navegación satelital hasta la inteligencia artificial para la predicción de los vientos.

  

Lo conocí en 1979, cuando Santi tenía 17 años. Yo alternaba mis artículos agropecuarios con algunas colaboraciones sobre temas náuticos (mi otra pasión) en Clarín. Ese año, Lange había ganado el mundial de la clase juvenil Cadet, reservada a menores de 17, acompañado por Miguel Saubidet, un pibito de 12 años. Propuse que el diario le otorgase el premio a la revelación deportiva en vela. En la celebración, conoció a Diego Maradona, que recibió la medalla de oro por haber sido campeón mundial juvenil de fútbol.

 

Desde entonces no paró de ganar en todos los terrenos. En la competición y en el diseño. Lo había visto por última vez hace poco más de un año, cuando ya estaba embarcado en una nueva campaña olímpica. La ocasión no podía ser más emblemática: fue en la inauguración de la planta de botalones de fibra de carbono de King Agro. Aquí es donde se ensamblan las historias del agua con las del campo.

  

Yo tenía un velero que llevaba en su casco la leyenda “Biodiesel”. Tenía dos características: cuando no navegaba con viento, sino con motor, funcionaba con biodiesel que formulaba mi propio hijo. La otra distinción es que contaba con un mástil de fibra de carbono, cuyas virtudes me habían subyugado. Una tarde, Ana, mi mujer, viendo la increíble fortaleza y limpieza de diseño del palo de carbono, me pregunta: “decime, ¿por qué esto no se usa en los barrales de los mosquitos?” Eureka.

  

Al día siguiente, fuimos a ver a los hermanos Mariani, fabricantes del mástil, en sus oficinas de San Fernando. Se estaban fundiendo en la náutica, necesitaban otra cosa. Pero para convencerlos, hacía falta un conejito de la india. Se lo llevamos: los muchachos de Caimán, que habían recibido el premio de Expoagro por su diseño de pulverizadora. Hicieron uno, lo probaron. Lo adoptaron. Arrancó otra historia. Resiliencia.

  

De los primeros prototipos, a John Deere. Los popes de Moline se enteraron y vinieron en avión privado a ver el botalón de King Agro puesto por un cliente sobre una pulverizadora JD. Enseguida se dieron cuenta que la edad de hierro estaba amenazada. Cerraron trato para distribución mundial. Los Mariani hicieron la fábrica nueva en el parque industrial de Campana. Es donde me topé con Santi en aquella inolvidable inauguración. Lo vi mal. Demacrado, más flaco que de costumbre, pálido. Después, me iba a enterar que padecía de cáncer de pulmón. Se operó pocas semanas más tarde. Le sacaron uno. Con el otro alcanzaba. Resiliencia.

  

Volvió a la campaña olímpica, acicateado por una oportunidad única: además de probar suerte con una clase nueva, donde correría en tripulación mixta, dos de sus hijos también iban a pelear medalla. El, el atleta más viejo en Rio. Vino con el oro, en sociedad con su gran partenaire Cecilia Carranza, rosarina.

  

La semana que viene, John Deere presenta los botalones de King Agro en el Farm Progress Show. También van por una medalla.

  

Los argentinos, cuando resiliamos, volamos alto. En el agua, en la tierra. En todos los campos.

 

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